¡Ah,
melancolía de lluvia tras
los cristales! El bibliotecario topo movía afanoso sus dedillos
por los pliegos
amarillentos desperdigados por el scriptorium
de
la abadía mientras, con timbre sonoro y hueco, tronaban mil
demonios en el
exterior de las ruinas.
Los
ojos huidizos, ciegos y
ansiosos de tanto leer, intentaban descifrar el contenido de los
pergaminos.
Historias, historias errantes que rehuían la mirada, que se
fundían en sombras
cual espectros nocturnos. ¿Quién había pensado en
formar una biblioteca con
aquellos textos? ¡Era demencial!
Las
historias saltaban de una
hoja a otra, mezclándose con una promiscuidad alarmante, creando
un conjunto de
sombras, tinieblas y cuervos despeluchados que arrancaba sonrisas
condescendientes a unos e inquietudes a otros. Por suerte, no
serían muchos los
dispuestos a franquear el umbral para verse cara a cara con aquellos
hambrientos engendros. Después de todo, aquella biblioteca era
como la
trastienda situada en el cráneo de un loco: un disparate.
El
bibliotecario topo, todavía
encorvado sobre la mesa, dio un sorbo a su infusión dejando que
el repiqueteo
del agua en las vidrieras calmara sus nervios. Sabía que le era
imposible
abandonar su lectura. Acogería a la caterva de monstruosos
retoños en la
abadía. Sus susurros, al menos, le harían
compañía.