
Cuando
comencé a escribir
Memorias de una ciudad extraña, el primer libro que
compone esta novela y que originalmente se titulaba, sin más,
Ciudad
extraña, no tenía muy claro, realmente, dónde me metía. Mi intención
era, sin más, montar una historia sobre los pecados capitales en
la que los miembros de una orden religiosa fanática iban cayendo bajo
las garras del mismo mal que intentaban combatir con las herramientas
inadecuadas.
En seguida -no había llegado a terminar ni los
primeros capítulos-, no obstante, me di cuenta de que los personajes
que había creado no estaban dispuestos a seguir los funestos pasos que
yo había pretendido su destino. No, no es que empezara a oír voces o
que unas presencias extrañas modificaran el texto mientras dormía:
simplemente, había perfilado en mi cabeza de tal forma a los
protagonistas que estos se enfrentaron a la situación de un modo que no
respondía a mis planteamientos inciales, pero que resultó mucho más
apasionante.
Fue así como el escenario original de Nanpraga, la ciudad reconstruida
por Hans el Fuerte, se quedó pequeño, y la Bandera de Adraga fue a
buscar respuestas más allá de sus muros. Lo que encontraron me llevó a
escribrir inmediatamente el segundo libro que compone
Adraga: una epopeya titulada
Las losas del alma. En este volumen, los cruzados emprenderían una peregrinación que me obligó a ahondar en muchos entresijos del trasfondo de
Tras el Día del Sol Negro.
Y, por cada respuesta, surgía una nueva cuestión. De este modo se fue
conformando el mosaico de esta Europa ucrónica en la que el fin del
mundo previsto para el año 1000 ha llegado, aunque de un modo
parcial que ha condenado a la convivencia a hombres, engendros y
demonios.
Años después de terminar la primera versión de ambas
novelas, Grupo Ajec inauguró su colección Excálibur. Fue el acicate que
necesitaba para rescatar los textos del cajón y revisarlos a
conciencia. De nuevo, no sabía dónde me estaba metiendo. Raúl
Gonzálvez, el editor, se mostró interesado por ambas novelas, que se
terminarían fundiendo en una, pero estaba más seducido por el escenario
que por el modo en el que lo desarrollaba. Este fue el punto de partida
para una reescritura en la que pude, por un lado, actualizar hasta
cierto punto la prosa (diez años dan mucho de sí para pulir el estilo),
solventar algunos errores argumentales que mis sufridos lectores beta
habían encontrado y añadir pasajes y capítulos intermedios que
ampliaran la visión de este mundo apocalíptico y sacaran al lector de
los claustrofóbicos muros de Nanpraga.
El resultado es este libro,
Adraga,
una novela épica que cuenta con una fabulosa portada de Carlos NCT y
que ya queda en manos de los lectores que osen aventurarse en sus
páginas. Espero que la disfrutéis tanto como esos primeros lectores sin
los cuales no hubiera llegado a nacer (gracias, Míchel, gracias,
Eleonore, gracias, Nacho).
Para completar el
escenario de Tras el Día del Sol Negro, he abierto una web específica
en la que iré colgando, en la medida de mis posibilidades, algo más de
trasfondo y algunos relatos breves sobre personajes principales y
secundarios. Podéis visitarla en:
Adraga
Reseñas y opiniones de la crítica sobre Adraga:
"El
autor mezcla sabiamente tradiciones culturales de diferente tipo, las
toma, las retoca y en algunos casos las agita y el resultado no puede
menos que sorprendernos.""
Ya lo saben, si quieren vivir en los
años sucesivos al Apocalipsis del primer milenio, les sugiero que se
calen la celada, monten sobre sus caballos y se asomen a esta novela de
largo recorrido. "