El
desván de los cuervos
solitarios ha abierto la
puerta del mundo de los hombres a la sociedad conocida como el
Círculo
de Escritores Errantes.
Los solitarios integrantes de esta
heterogénea comunidad fueron
estableciendo
sus particulares vínculos sobre el profundo océano
internáutico hasta que, atraídos
por la voz que susurra dentro de sus cráneos sueños
imposibles, acudieron al conciliábulo.
Intoxicados por el polvo del desván,
confundidos al haber
abandonado su ostracismo, graznaron hasta decidir cuál
sería el esqueleto del
engendro entre todos creado. ¡Terror!, aullaron al
unísono, ¡terror! ¿Qué otra
cosa hubiera podido nacer en condiciones semejantes?
Así fueron postrando sus ofrendas y
perfilando a la bestia
que reposa bajo las páginas de este volumen y cuyo rostro se
atrevió a esbozar
Jean
Gilbert
Capietto.
El primero en llegar,
Juan Ángel Laguna Edroso,
aleteó hasta
el viejo Londres, hasta una oscura noche impregnada por los murmullos
de aquellos
a los que se llevó la peste. De sus húmedas calles trajo
una historia lúgubre y
antigua, para la que hubo de fingirse
El
cuervo del sepulturero.
Alex
Godmir, por el contrario, volvió su espalda a las
oscuras olas del cielo nocturno y se recluyó en su laboratorio.
Humearon los
matraces, exudaron siniestros vapores sus redomas, se agitaron los
aires
viciados de la sala y, como un nuevo prometeo, su
Experimento fallido
vio la luz.
Tras un largo vuelo hasta las
profundidades
de la noche,
Gerag Puig
Cortés
se posó entre hojas de palma. A sus pies se extendía una
vieja isla del Caribe, donde habitaban sin vivir otras viejas
criaturas,
ansiosas de sangre y paz: sus
Palmeros
de Sangre Caliente.
Manuel
Mije, sabedor de que los más oscuros secretos siempre
se guardan bien cerca, se dejó fluir a través de los
muros de la vieja mansión
y afloró, entre los crujidos de la madera, en una estancia
inferior, donde se
mecía, silenciosa, ella.
Madre.
En
un edificio no muy lejano,
Miguel
Puente, el quinto
espectro del Círculo de Escritores Errantes, fue recolectando
las hebras del horror
primigenio susurrado por el maestro Lovecraft y tejió con ellas
un nuevo
horror, una nueva morada para la locura, y la bautizó
Casa de Carón.
Se
escuchó entonces una risilla, un eco que fue deviniendo
inquietante carcajada. El sexto cuervo solitario,
David Valero Barjola,
alzó
una descarnada calavera y, mirando al resto de sus compañeros, e
incluso a sus
sombras ausentes, preguntó: “¿acaso no sonríe?”
Polvo al polvo,
maldijo el pobre
hueso con cierto cinismo.
Intrigado
por la pregunta, por la naturaleza misma de lo que
se esconde tras nuestras carcasas terrenales,
Ernesto Fernández,
se
encerró en
la biblioteca. Consultó códices y polvorientos tomos
llenos de saberes arcanos,
y comprendió que únicamente a través de la
experimentación llegaría a concretar
el funcionamiento de
La
mecánica del alma.
Jordi Bonet, el último
integrante del original
Círculo
de Escritores Errantes, abandonó el desván
para ir a vigilar a un cercano
cementerio. Sabía que en él encontraría lo que no
debía ser visto, lo que no
debía ser concebido, pues era visitado por
El ladrón de margaritas.
Entonces
sonaron las doce campanadas y los espíritus
errantes aletearon de vuelta a las sombras y las telarañas.
Mostraron sus
plumas insondables y graznaron complacidos. El aquelarre había
dado sus frutos:
de los mestizos nacidos del terror primario había surgido un
nuevo color, una
nueva melodía. La llamaron fosco, porque era gris, oscura como
el alma humana y
los secretos que alberga.
Se
abrió entonces la puerta del desván y apareció el
miembro
silencioso.
Santiago
Eximeno
sonrió al traer su propia pluma y todos se
regocijaron en un pandemonio embriagado. Era la pieza que faltaba, el
horror
que nos acecha en el mundo cotidiano, y traía como nombre una
señal de buen
augurio:
Una nueva
esperanza.
Ahora
el grimorio ya ha sido terminado, y yerra por el mundo
siguiendo los influjos de su propio destino. Sin embargo, si no se
cruzase por
tu camino, y quisieras apagar esas voces que resuenan dentro de tu
cráneo
susurrando sueños imposibles, puedes enviarnos al cuervo
mensajero que
encontrarás más abajo y nosotros velaremos para que tus
ojos –las almas nunca
lo hacen- encuentren reposo en la lectura.
Comentarios y reseñas sobre El
desván de los cuervos solitarios:
"La literatura de terror nunca ha sido santo de mi devoción.
Quizá
porque se trata de un género literario que siempre he asociado,
por
prejuicios y por malas experiencias, a un estilo barroco y
difícil, y
hasta cierto punto previsible. Aunque he reconsiderado esta
opinión
gracias a Ociojoven y esta antología, con la que he disfrutado
viendo
ideas originales sobre un género que me parecía
estereotipado."
"En la
obra que os presento encontraréis
ocho relatos variados que comparten ese punto común de la
atmósfera:
cementerios, iglesias derruidas y malditas, instituciones mentales,
ambientes siniestros y oscuros, noches lóbregas que pueden
ocultar
cualquier cosa, salas de tortura... en conclusión: muerte,
condenación,
locura, desconocimiento, dolor: miedo."
"Así pues, no
lo dude. Pase a su taller, está en su casa. Abra este libro y
tiemble,
sufra, desespere... y disfrute con las historias que nunca
deberían
salir de él. "
"En conjunto tenemos un gran libro de relatos con una particular
visión
de lo que es el terror. Habrá que estar alerta, pues amenazan
con
publicar más libros.
"
"Es un recopilatorio de excelente calidad e intensa lectura y al
alcance de todo bolsillo. "
"Pero, he aquí el punto y final. El resto, en papel y tinta para
aquellos que aún no hayan oído hablar de esta nueva
selección; y para
aquellos otros que ya hemos disfrutado del primer volumen, la esperanza
de ese número dos; cargado de más género fosco y
de plumas tan
solitarias, oscuras, y virtuosas como las que han alimentado este."